El Blog de Quídam

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Temas para Crecer Juntos.

 
 
 
 

Pensar, Sentir, Hacer.

¿Qué mejor forma de asegurar que tus elecciones, decisiones y acciones tengan substancia y alma que incluirte completamente en ellas? Los recursos de cada persona están en todo lo que son, no solamente en una parte de ellos. Muchos hemos confundido la objetividad con dejar de lado los sentimientos, la proactividad con lanzarnos a la acción sin reflexión alguna. Si lo piensas bien, te darás cuenta de que tus mejores decisiones y más inteligentes movidas han sido informadas por tus reacciones, emociones, valores e intuición. Tus sentimientos y motivaciones estaban presentes, eran claras y te ayudaron a pensar correctamente, catapultando ese pensamiento hacia las acciones concretas que tomaste.

Puedes asegurarte de ver el cuadro completo al incluir en tu toma de decisiones el ciclo de pensar-sentir-actuar:

¡PENSAR!

No des nada por sentado. Deja espacio para la reflexión; repiensa tus premisas y motivaciones cuando te sea posible. Aún una breve reflexión puede hacer una gran diferencia en la calidad de lo que decides y haces.  Piensa junto con otros cuantas veces puedas. Repasa tu pensamiento con ellos para que hagas evidente la evolución que tiene. No es que tengas que detenerte a pensar en exceso cada detalle, pero el tiempo que dediques a pensar hará, al menos, que tus decisiones futuras se beneficien del ejercicio.  Desconectar el cerebro es una buena manera de meterse en problemas. Pregúntate todos los porqués, para qués y que-tal-si necesarios antes, durante y después de dar pasos en alguna dirección. Pensar más te hará pensar cada vez mejor, así que hacerlo te ayudará a adquirir maestría en la forma de usar tu maravillosa mente.

¡SIENTE!

Los sentimientos no son tu enemigo. Sentir algo es tu forma de lidiar con temores, inseguridades e inclusive, el verdadero peligro.  Ignóralos y regresarán para atormentarte más tarde en la forma de problemas para implementar, remordimiento o falta de energía y motivación para llevar a cabo tu decisión o defenderla de embates que pudiera enfrentar.  Asume que tus sentimientos te dicen algo. ¿Realmente es peligroso? ¿Cómo puedes anticipar las dificultades? ¿Están hablando tus miedos? ¿Cómo puedes librarte de ellos? Ni siquera es necesario sobre-analizar tus sentimientos. Solamente haz espacio para sentirlos y estar con ellos, para ver qué aportan a tus exploraciones. A menudo me sirvo de ellos para tomar una decisión entre dos posibilidades que ya hemos analizado hasta el cansancio: me permito sentir lo que sería vivir uno u otro escenario. ¡Con frecuencia resulta un ejecicio iluminador que revela mis propios valores! ¿Y qué decir de los sentimientos positivos? La emoción, el gozo, el impulso. Todos te dirigen hacia lo que te apasiona e interesa, hacia lo que en verdad valoras, permitiéndote tomar avenidas más acertadas para ti.

¡HACER!

Por supuesto que lo que más transforma el mundo es lo que haces. De nada servirá pensar y sentir si no te mueven a hacer. Hacer en nuestra expresión en el mundo. Realmente no existe un “no hacer” ya que aún quedarse quieto es una acción que puede tener fuertes consecuencias.  Muévete a la acción que invitan tus pensamientos y sentimientos, con la consigna de estar preparado a corregir el curso a través de la conciencia contínua de lo que haces y cómo impacta a ti y a los demás.  Inclusive la acción impulsiva es útil si te mantiene pensando y sintiendo en el proceso. Disfruta de tu poder para hacer y asegúrate de estar abierto a lo que viene.  Eres un ser en movimiento así que cada acción contribuye a quien eres, pero no te define.  Recuerda eso para mantener la reflexión en tu quehacer cotidiano.

Me encantará escuchar sus comentarios al respecto de estas ideas…

¿Te permites pensar-sentir-actuar de manera cotidiana?

¿Cuál te presenta mayor reto?

¿A cuál de las tres partes del ciclo olvidas con frecuencia?

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¿Cuándo es bueno darse por Vencido?

La tenacidad es una característica admirable, por supuesto. Pero ¿Cómo distinguirla de la terquedad? En ocasiones, seguir estoicamente contra viento y marea no es buena idea.  ¡Cuántas veces permitimos que la idea “Nunca te des por vencido” sea la guía de nuestras acciones, con tal de no vernos como perdedores o débiles de carácter! Puedo pensar en varias cosas en las que efectivamente, nunca habría que darse por vencido: en la vida, en nuestra relación con nosotros mismos, en la gente que confiamos, en nuestros sueños…pero, de seguro que hay veces en que darse por vencido es lo más adecuado, el mejor plan de acción. Últimamente he estado pensando en esto. Todos conocemos a alguien que desearíamos que se hubieran dado por vencidos hace mucho, pero ahi siguen, dañándose a sí mismos, a los demás y a las relaciones que en el fondo, más les interesan.

Nuevamente, como en el artículo de La Importancia de la Reflexión, decidí llevar la pregunta a una audiencia mayor. Así que la hice en LinkedIN.  ¡Sí que generó reacciones! Algunas personas apasionadamente defienden el punto de nunca darse por vencido y otros el de darse suficiente espacio para elegir cuándo debes detenerte aunque signifique no salir victorioso. Como comentó Karin Zastrow, autora del libro Direct Leadership: ” Definitivamente tengo sentimientos al respecto de esto.” Muchos los tenemos.  Es una parte importante de cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo accionamos en el mundo.  Es una pregunta central si queremos mantener el rumbo hacia nuestro propósito de vida.

Earl Gray, coach personal y organizacional, tiene para si mismo una serie de lineamientos para saber cuándo está a punto para comenzar de nuevo:

Cuando me doy cuenta de que he estado confundiendo la fe con la terquedad

Cuando veo que lograr lo que me había propuesto comprometería lo que quiero ser y lo que quiero representar en el mundo

Cuando entiendo que la dificultad de lo que me había propuesto no era tanto para llegar a la meta, sino para  fortalecer mi carácter y prepararme para lo que viene y realmente importa.

Cuando aprendí a ocuparme menos de la opinión de los demás que pudieran creer que fracasé o etiquetarme de alguna otra manera negativa por abandonar el curso que llevaba.

En resumidas cuentas, cuando puedo ver de manera renovada que mi ser es siempre más importante que mi hacer – y que las cosas más relevantes que hago siempre vienen de profundizar quién soy – entonces, puedo alejarme de lo que sea, declarar que empiezo de nuevo y reiniciar.

Para mi, en el fondo se trata de preguntarme siempre porqué estoy siguiendo el camino en el que voy. Continuamente. Nada sustituye a la búsqueda personal y plena de la conciencia que nos permite saber quienes somos y quienes queremos llegar a ser. ¿Es tu curso actual, el cotidiano, el que te llevará en la dirección correcta?  ¿Has dejado atrás el momento idóneo para dejar esto? ¿Cuál debe ser tu próximo paso? Encontrar una forma que te funcione para hacerte estas preguntas difíciles es una de las cosas en las que nunca debieras darte por vencido. A veces se requiere solo de una brevísima pausa, a veces de una mini-vacación y a veces hay que detenerlo todo para un vistazo largo y profundo de lo que dejas atrás y lo que te espera en el futuro.

También vale la pena entender la carga emocional que implica el concepto de “darse por vencido”, en particular para ti y para los que te rodean. ¿Lleva algún significado implícito? ¿Es, como dijera Francisco Laborde : una forma abreviada de decir ‘cambiar por otra cosa’? ¿Significa fracaso? ¿Valor? Ir más allá de lo que asumes en un principio, es una parte importante de ser efectivo, cumplir con tu propósito y acercarte a expresar en el mundo lo que eres. Al final, darse por vencido pudiera ser en ocasiones, la mejor forma de ganar. Es decir, en cada caso particular es necesaria la reflexión que guíe tus pasos. Así que respira hondo y, sin saltar a conclusiones, pregúntate:

  • ¿Será éste un buen momento para darme por vencido?
  • ¿Cómo me siento al respecto?
  • ¿Cómo puedo salir adelante, avanzar?
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Ama el Líder que Hay en Ti y No a Ti Dirigiendo.


Ricardo Morell Gamboa es, sin duda, uno de mis colaboradores más cercanos y queridos. Su trabajo como facilitador y coach en Quídam es invaluable. Ricardo trae a cada intervención no solamente sus conocimientos, sino su corazón y su talento multi-facético.  Sus percepciones son siempre interesantes y constructivas, así que le pedí un escrito para incluirlo en este blog y puso manos a la obra.

Hoy les presento este trabajo que hace una comparación interesante entre el teatro y la vida organizacional. Como consultor senior de Quídam y actor profesional en cartelera actualmente (Pueden verlo en Los 39 Escalones), Ricardo está más que calificado para escribir del tema. Espero que lo disfruten tanto como yo.

¡Gracias, Ricardo!

Valoro mucho tus percepciones y me alegra poder compartirlas hoy con ustedes, lectores.

El teatro es la pasión más permanente en toda mi vida, pero la “teatralidad”, cuando es una sustituta del fondo, cuando ocupa el lugar del contenido, no es útil y eso es una lástima. Me explico:

La teatralidad estorba cuando se usa para impresionar, para ser admirado, en resumen cuando la forma, sobretodo “mi forma”, se vuelve más importante que el fondo. He visto a varios actores que están muy interesados en “presentarse” ante un público y ser admirados, cambian diálogos, improvisan y hacen gracejadas para lograrlo sin importar que la obra padezca por eso. También hay directores de escena que son “visibles” a través de grandes e ilógicos “trazos” o “propuestas” que modifican, sin agregar nada valioso, al original. Ambos casos ponen la obra a su servicio y no ellos al servicio de la obra. Stanislavsky lo decía mucho mejor que yo: “Ama el arte que hay en ti y no a ti en el arte”.

El ámbito Organizacional está plagado de “Líderes-Showmans” que, con una muy buena parafernalia, subiendo y bajando el tono de su voz, utilizando excelentes presentaciones con videos “motivacionales”, vistiendo impecables trajes y usando carísimos relojes, logran cautivar a su “púbico”. Todo eso me parece muy bien, pero si no hay contenido no hay nada. Es como una moneda que solamente tuviera impreso uno de sus lados, no tendría valor. Tu y yo conocemos a muchos “líderes” que podrían caer en esta categoría y el problema es que en muchas organizaciones esto es premiado colocando a líderes que en esencia no pueden sustentar sus dichos en posiciones estratégicas donde hacen mucho daño. Su comportamiento entonces resulta paradójico, ya que en lugar de rodearse de gente más competente que ellos, se comportan como farsantes que no desean ser atrapados en su mentira, se rodean de gente que en todo está de acuerdo con ellos e impiden que alguien más destaque apagando todos los reflectores de la organización haciéndola obscura y despersonalizada.

La pregunta que me parece pertinente es: ¿Cómo saber si estoy siendo este tipo de “Líderes”? o ¿Cómo saber si estoy más preocupado por que me admiren que por ser útil a mi organización y en último término a mí mismo? A fin de cuentas, cuándo me observo es difícil darme cuenta de esas cosas ¿No?. Will Schutz lo tenía muy claro, él decía: “La gente debe salir del taller hablando de ellos, no de ti”. Danilo Pérez, extraordinario músico de jazz, me platicó algo parecido cuando hablábamos de como diferenciar a un virtuoso de un artista, él decía: Si sales de un concierto hablando sobre la persona que esta arriba del escenario utilizando frases como: Que rápidos dedos, que precisión, que caras hacía, que técnica  o cosas por el estilo, seguramente, y en el mejor de los casos, estuviste ante la presencia de un virtuoso. Un artista en cambio evoca en su público recuerdos, reflexiones y emociones. Danilo decía que la magia se da cuando ambos, el virtuoso y el artista, son el mismo. O sea, si después de una junta o una exposición la gente te dice cosas como “Qué buen video ¿Dónde lo conseguiste?”, “Excelente presentación” o “¿En que programa lo hiciste?” y no te dicen cosas como “Mientras te oía me sentí…” “No podemos seguir así”, “Me emociona lo que me dices”, y nunca te dicen que fue lo que no les gustó de la presentación y en que no están de acuerdo contigo, estamos en un predicamento y es momento de preocuparnos más por el contenido sin, por supuesto, dejar de lado la forma. Funciona igual en sentido inverso.

Dejar a un lado el personaje de “Gran Líder” y enfocarse en como ser más útil tratando de servir a la gente a la que dirijo escuchándolos atentamente, son actitudes que fortalecen y honran a los líderes contemporáneos.

Para resumir y parafraseando a Stanislavsky.

“Ama al líder que hay en ti y no a ti dirigiendo”

Eso opino yo pero me encantaría saber tu opinión sobre este artículo tan teatral. Por favor déjame un comentario, te prometo leerlo.

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Cegados por la Obediencia.

Así que las cosas no están funcionando como quisieras. ¿Las personas a tu alrededor corren y corren pero permancen en el mismo lugar?  No importa si tú eres el jefe o uno de los que colaboran en esta situación, llega un momento en que la energía se termina y las cosas se vuelven más que grises.  ¿Sabes a qué me refiero? ¿Qué sucede cuando personas bien intencionadas caen en un patrón de obediencia ciega? Puede ser que se dé porque están siguiendo una causa que les apasiona o porque se les ha obligado al cumplimiento, pero los seguidores ciegos dañan la innovación, la motivación y la efectividad en general.  Trabajar así deja una sensación de vacío.

Y no me refiero a las personas que están “auténticamente ciegas” por desconocimiento del trabajo en sí o porque no entienden lo que sucede a su alrededor.  Como si fueran personas invidentes, éstas desarrollarán otros sentidos. Encontrarán nuevas maneras de entender y se esforzarán por experimentar en el lugar de trabajo, acercarse con quien sí sabe, o explorar distintas formas de hacer las cosas.  Estas personas encontrarán cómo conocer lo que no pueden ver. Y no descansarán hasta sentir que han conquistado este obstáculo.

Los obedientes ciegos, por otro lado, han estado cerrando los ojos, a veces por tanto tiempo que han olvidado incluso que lo están haciendo.  Y se auto-justifican. Se sienten orgullosos y comprometidos con aquello que se espera de ellos.  Por lo común se consideran “leales” o “de confianza” y están convencidos de que hacen lo correcto y de que son los que mantienen el barco a flote.  Su toma de decisiones es de baja calidad en el mejor de los casos e inexistente en el peor. De hecho, una forma de saber si tu equipo está cegado por la obediencia es esta: no se toman decisiones a ningún nivel que no sea el mas alto. Si acaso se toma alguna decisión, es tentativa e incipiente, esperando la aprobación del alto mando. Tomar riesgos se torna imposible.

Por supuesto que hay veces que todo esto resulta de un entorno excesivamente autoritario.  Pero no siempre es el caso. Incluso la admiración y el verdadero compromiso se pueden volver obediencia ciega si se equivoca el camino.  ¿Te has encontrado en ese caso? ¿Detectas algunos de estos síntomas en tu entorno, sin saber qué los ocasionó? ¿Quieres moverte de esa posición? ¿Eres parte de un equipo ciego o el líder de alguno? Hablemos de algunas opciones para contrarestarlo:

Primero remedia tu propia ceguera. Acepta el reto de cuestionarte. Pregúntate porqué haces las cosas de determinada manera. Busca activamente mejores y creativas soluciones. Observa a qué has estado ciego y comienza por salir de ese patrón.

Llámalo por su Nombre. Habla de las cosas que vayas descubriendo.  Tómate el tiempo de conversar con otros sobre las instancias en las que la toma de decisiones se ve obstaculizada por la ceguera. No hace falta que seas demasiado confrontativo, solamente hazlo notar: ¿Qué pasaría si lo hacemos distinto?  ¿Nos afectará mucho ser decididos en este o aquel caso? ¿En realidad necesitamos consultar a la alta dirección sobre esto? Ten cuidado de no enfocarte en tener la razón o en hacer un cambio de inmediato, sino mas bien en hacer presentes las posibilidades que está ignorando tu organización.

Involucra a los Líderes Formales. Si eres quien tiene el mando, asegúrate de valorar a las personas que piensan fuera del status quo, aún si las cosas no resultaron esta vez.  Si no eres el jefe, encuentra una manera efectiva de mandar el mensaje correcto: este equipo tiene mayor potencial del que está exhibiendo. No te permitas intercambiar la obediencia ciega por la rebeldía ciega. Esa es solamente otra cara de la misma moneda y correrías el riesgo de ser infiel a ti mismo e improductivo para tu equipo. Ceguera es ceguera. Comparte tu punto de vista con tus superiores de manera consistente con las prácticas organizacionales actuales, inteligentemente y sólo lo suficiente para que ellos puedan tomar cartas en el asunto.

De seguro muchos de ustedes han tenido experiencias con la obediencia ciega, de un modo u otro. Me encantaría ver aquí sus comentarios al respecto.  ¿Alguna luz sobre cómo alejarnos de la obediencia ciega y sus efectos?

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Abrazando el Desacuerdo: No te ofendas.

Solía ser que el desacuerdo era valorado.  Después de todo, tener alguien que dé contrapeso a tus ideas te permite refinarlas, cuestionarlas, explorarlas más. El desacuerdo constructivo, el diálogo, la discusión son buenas formas de poner a prueba el status quo. ¿Nos damos oportunidad de escucharlas? Me parece que hoy en día, en muchos entornos, incluyendo el laboral, cualquiera que disiente es mal visto. Las personas se ofenden. Procuran aplastar, esconder o perseguir a quienes expresen ideas contrarias, en lugar de favorecer el tète-a-tète o prestar oído a quienes ven el mundo de manera distinta. Se glorifica el acuerdo tácito en los grupos y se favorece el cumplimiento ciego de las propuestas del alto mando.

¿Cómo es posible que hayamos erradicado el desacuerdo en algunos espacios? ¿Cómo es que hay quien le huye como si fuera lo peor?

Muchos equiparan el desacuerdo al conflicto.

Definitivamente no son la misma cosa.  Las personas con ideas afines te comprenderán con facilidad. Te ayudarán a mantenerte enfocado en lo que quieres. De manera natural se buscan mutuamente y colaboran sin mayor dificultad.  Está bien disfrutar de las buenas relaciones con ellos y aprovechar la energía que te aportan. Solamente hay que asegurarse de escuchar algunas otras percepciones.

No es que quiera yo decir que es bueno rodearse de gente que desprecia cada una de tus iniciativas, como por deporte. Más bien me pronuncio a favor de la honestidad y la apertura.  Si eres un líder con el que nadie nunca está en desacuerdo, te has colocado en una situación relamente triste.  ¿No quieres lidiar con el desacuerdo? Es bueno que sepas que no podrás construir verdadero compromiso en los demás y que el cumplimiento ciego nunca es total. Tendrás que invertir muchísima energía en mantener la mano de hierro, el reino del terror, o el mundo feliz de “todo está bien aquí”. Es natural que busquemos el acuerdo. Nos resuelve todo, nos salva de pensar más y hace la vida fácil. ¿No es así?

Mejor harías en resistir esa tentación de creer que simplemente eres un genio y todo lo que se te ocurre es tan perfecto que por eso todos están de acuerdo.  (Sí, lo sé, ¡es delicioso!)  Mejor aclara a todos que valoras la diversidad y agradece a quien te acompañe a explorar más a fondo tus ideas.  No tienes que estar de acuerdo con otras perspectivas y por supuesto que muchas veces valdrá la pena seguir con tus decisiones aunque no tengas un 100% de acuerdo.  Lo que sí es necesario es que escuches con atención y respondas con curiosidad y apertura, sin matar al mensajero.  Consistentemente favorece el balance en el pensamiento, divirtiéndote con una lluvia de ideas negativa, en la que exploran juntos todas las formas en que esa idea no funcionará. Incluir a algunos aguafiestas y huele-cacas en las reuniones,requiere de fortaleza de parte del líder, para que éste no se sienta amenazado ni en su pensamiento ni en el entusiasmo que pudiera generarle una determinada idea. Lo que sí debe suceder es que el desacuerdo abierto ayude a preparar mejor los proyectos, de manera que ya se hayan pensado muchos posibles escenarios de falla antes de lanzarlos a un público mayor.

En breve, abrazar el desacuerdo es una buena manera de aprovechar las fortalezas de equipo y refinar el propio pensamiento.  Los equipos en los que se permite una sana cantidad de desacuerdo son más creativos y comprometidos con la mejora. El desacuerdo es una parte legítima de la colaboración. Es importante incluirla o pagar el precio de la omisión.  ¿Qué dices? ¿Estás de acuerdo? Me encantaría saber qué comentarios tienes al respecto.

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